lunes, 18 de marzo de 2013

DÁMASO LATASA. TRABAJADOR FERROVIARIO Y GLORIA DEL FÚTBOL DE LOS AÑOS VEINTE


ANÉCDOTA FERROVIARIA

Por: Hugo Mengascini (Para Crónica Ferroviaria)

Hijo de inmigrantes vascos, Dámaso Latasa nacía el 12 diciembre de 1905 cuando Tandil dejaba de ser pueblo. Con el correr del tiempo, su padre, tras varios años de esfuerzo y dedicación en la zona rural de De La Canal (partido de Tandil), lograba adquirir un lote ubicado en el barrio de la Estación, donde levantaría la casa con la intención de radicarse definitivamente con su familia y acompañar la escolaridad de sus hijos.

La vinculación de Dámaso con la pelota se inició muy temprano: “empecé a ‘patear’ la redonda desde que comencé a caminar, entonces eran las piedras y cuanto  pedazo de ladrillo encontraba por la calle, con gran disgusto de mi familia que veía así aumentado el presupuesto considerablemente”, manifestaba en una entrevista durante los años treinta.  Luego, en el colegio San José, fue en los teams que formaban los alumnos de un grado para enfrentarse a los de otro, para más tarde disputar encuentros entre los estudiantes de una y otra escuela.

Pero fue en un potrero ubicado en la esquina de la avenida Colón y la calle Garibaldi donde sus condiciones se dieron a conocer. Precisamente fue allí, en 1922, donde un dirigente del Club Ferro Carril Sud atraído por sus gambetas le propuso ingresar en la segunda división del equipo de fútbol, “...cosa que acepté -manifestaría más tarde-, pues siendo un tanto hincha del club, no podía negarme a semejante invitación.” Al año siguiente, le otorgaron el puesto en la primera división, y fue entonces cuando su zurda se convirtió en un arma temible para guardametas y en  artífice de malabarismos que hipnotizó los ojos de los pibes. En la primera división participaría hasta 1939 jugando en  todos los puestos.

Dámaso Latasa 

“Primero ocupé el puesto de wing izquierdo, después de insider y cuando el cansancio o el aburrimiento por jugar siempre en el mismo puesto hicieron que perdiera alguna eficacia en la delantera, me probaron de halt. La novedad del puesto me entusiasmó y conformé a los directivos del club, quedando efectivo en la defensa pero no en el puesto. Un día faltó un back y actué en su reemplazo; después en ese puesto seguí actuando...”, expresaba Dámaso,  admirado y conocido en el barrio como “el vasco” Latasa.

Ferro Carril Sud fue el equipo de toda su vida. Muchacho flaco, alto y modesto,  conceptuado como uno de los mejores elementos que actuaban en el deporte local, siempre vistió la camiseta “tricolor” y la del seleccionado de Tandil. “Me agrada el foot-ball por sobre todas las cosas, y tengo tanto amor por mi club, que por ahora no me permite tener más amores”, respondía a las insinuaciones de otras entidades.

Simultáneamente, el club de los ferroviarios alcanzaba una sólida posición. Ya no era el reducido número de los 30 jóvenes empleados del ferrocarril de aquel 6 de junio de 1919, socios fundadores y entusiastas cultores del fútbol que se habían reunido con el propósito de difundir la práctica del deporte entre la enorme masa de trabajadores del riel. En 1931, el Club Ferro Carril Sud sumaba 350 socios, y a través del empeño de sus dirigentes por el mejoramiento de la biblioteca anexa a la institución, se convertía en una de las más meritorias entidades deportivas de la ciudad ocupando, además, uno de los primeros puestos como agrupación cultural.

Por ese entonces, el equipo del barrio de la Estación, con el juego prodigioso de Latasa, junto a Emilio Larsen y Oscar Roca cosechaba los campeonatos de primera división de las temporadas de 1922, 1923, 1927 y 1934; y los campeonatos de honor de los años 1923, 1924 y 1926. En tanto que el club recolectaba como trofeos 41 copas, 6 medallas, un tintero artístico, un botiquín, dos estatuas, un pergamino, una medalla de oro y dos diplomas de honor.

Eran épocas distintas y de rivalidades. Los partidos con Ramón Santamarina en la cancha de las Ferias Francas (ubicada en la manzana de las calles 4 de abril, Mitre y las avenidas Marconi y Santamarina). Todo un barrio versus el centro, el equipo de los trabajadores frente a la entidad aurinegra que, vinculada a los sectores conservadores,  había abandonado el barrio en tanto trasladaba su sede de la avenida Colón al 1100 hacia el centro de la ciudad.

Esos eran “¡Tiempos lindos! -decía Latasa-. Aquello era ir a la cancha con ganas de triunfar. Las victorias y las derrotas más honrosas las hemos tenido con los aurinegros. Si nosotros ganábamos, ¡otra que las despedidas de soltera! Fiestas y más fiestas...Ese día era de gala para el barrio. También, sí perdíamos, la fiesta era en el centro y la procesión en nuestros pagos.”

Según los cronistas de la época, la caballerosidad no estuvo ajena a sus condiciones y “era capaz de errar adrede un penal cuando era consciente  de que había sido mal cobrado.” Fue el eje y el sostén del equipo en los momentos difíciles, el hombre de confianza, el incansable ordenador del juego. El hombre que “con su pierna escribió varias páginas destacadas del fútbol de antaño, aquel que no percibía un centavo, el que había que ganarse la plaza porque todos los días aparecía un nuevo valor que hacía tambalear la estabilidad del más pintado.” Para muchos, símbolo de un “fútbol viejo y mejor”.

Practicó el fútbol “hasta que tuvo fuerzas para hacerlo.” Después, se hizo frecuente verlo en las canchas detrás del alambre o recorriendo -en su bicicleta- los potreros barriales, abocado a la tarea de observar y descubrir, con ojo de lince, a los pibes que serían los futuros grandes  jugadores del club.

Excelente ajustador y mecánico de locomotoras a vapor, fue quien cobijó en su casa de la calle Paz al 1100 a sus compañeros de trabajo del Galpón de Máquinas que padecían, por razones políticas e ideológicas,  la tenaz persecución en tiempos de la dictadura del general Onganía.

Fueron ellos, los obreros ferroviarios, quienes luego de la jornada laboral juntamente con socios del club y otros vecinos del barrio de la Estación, trabajaron con empeño y apasionamiento para transformar la vieja cancha de Ferro Carril Sud en un moderno y amplio estadio, que -para todas las épocas- llevará su nombre: el estadio Dámaso Latasa.

Tras una larga enfermedad falleció el 15 de diciembre de 1973 en el policlínico ferroviario de Tandil. Tenía 68 años. Por esos días su viejo amigo y dirigente del club Ferro Carril Sud, Juan Antonio Salceda escribía: “El domingo cuando depositamos el cajón en el cementerio tuve la impresión que con el vasco Latasa, moría el viejo fútbol, practicado con amor y desinterés...Era bueno, sencillo, enemigo de ceremonias y aparatosidades. Si debía asistir a una fiesta cuando era capitán de los equipos procuraba disimularse, pasar desapercibido...Su autoridad surgía de su dedicación, de su honradez, de su responsabilidad. El vasco Latasa personificaba las virtudes del verdadero deportista...Siempre estaba rodeado de pibes, que le seguían a los vestuarios llevándole los botines y le acompañaban cuando terminaba el partido.”

“...Nunca tenía incidentes. No tenía enemigos. Se daba al fútbol sin cálculos personales. Era un deportista ‘amateur’, un deportista cabal. Ayer cuando se fue para siempre, casi desapercibido, como él quería, yo pensaba que la grandeza de las instituciones se basa en los deportistas como el vasco Latasa.”