sábado, 5 de septiembre de 2020

Quiñihual: El paraje donde vive un solo habitante

Historias Ferroviarias

Quiñihual es uno de los tantos pueblos que quedaron aislados cuando los trenes dejaron de pasar. Conocé la historia de Pedro Meier, su único habitante

Quiñihual, un cacique fuerte, inflexible y por demás valiente, era el hombre más respetado por las tribus que habitaban entre las sierras, lagunas y pajonales en el centro sur de la provincia de Buenos Aires.

En 1879, el avance militar del Ejército Argentino hacia el sur de la Provincia en el marco de la Conquista del Desierto organizada por Julio Argentino Roca, se encontró con la resistencia de los malones liderados por Quiñihual, que dieron batalla ante los invasores a pesar de su inferioridad numérica y de no contar con los fusiles y el armamento que tenían sus enemigos. Luego de un sangriento combate, la tribu fue doblegada y al cacique lo acorralaron exigiéndole la rendición. Quiñihual prefirió morir a que lo sacaran de su tierra y murió en la barranca del arroyo que, años más tarde llevaría su nombre.


Hacia 1910, con la creación del Ferrocarril Rosario-Puerto Belgrano, que cubría casi 800 kilómetros de longitud; se inaugura en las tierras surcadas por el arroyo la estación de trenes.

Con la estación, surgieron al mismo tiempo un conjunto de casas alrededor de ella, donde se asentaron fundamentalmente empleados ferroviarios y trabajadores vinculados con la carga y descarga de materias primas. Así, se fue conformando Quiñihual, un pueblo que llegó a tener alrededor de 700 habitantes, una escuela, un almacén de ramos generales y hasta un club de fútbol que competía contra rivales provenientes de distintas zonas rurales e incluso urbanas.

Pero las épocas doradas de este paraje perteneciente al partido de Coronel Suárez, ubicado al sur de la Provincia, a 492 kilómetros de la ciudad de La Plata y a 161 kilómetros de Bahía Blanca; se terminaron en 1995, cuando el tren dejó de pasar y sus habitantes quedaron a la deriva, corriendo la misma suerte que muchos otros pueblos de Buenos Aires. Ya no había trabajo ni forma de transportarse. Poco a poco, Quiñihual se fue apagando hasta convertirse en lo que es hoy: un pueblo abandonado con un solo habitante.



Su nombre es Pedro Meier, tiene 63 años y es el dueño de la pulpería que, a pesar de haber quedado perdida en medio de la extensa llanura, sigue abriendo sus puertas religiosamente todos los días a partir de las seis o siete de la tarde, a la espera de que llegue algún visitante.

“La misma gente que viene me pide que no cierre, que lo mantenga abierto para venir a charlar un rato porque es el único lugar que tienen a dónde ir”, cuenta el dueño de la pulpería en diálogo con INFOCIELO, “los que se acercan son personas que trabajan en el campo, puesteros e incluso hemos hecho asados una vez por mes con gente que vivía acá”

La edificación donde funciona la pulpería de Quiñihual fue construida hacia fines del siglo diecinueve y el lugar pareciera haberse quedado detenido en el tiempo. Su fachada es de ladrillo, corroído por los años, y en su interior todo está como cuando su padre lo inauguró en la década de 1960 como almacén de ramos generales: enormes estanterías que se alzan casi hasta el techo, repletas de botellas de vino, whisky, vermut y otras bebidas espirituosas; además de galletitas, snacks, productos de limpieza y algunas frutas y verduras.

“Yo nací en Coronel Suárez, pero nos vinimos a vivir a Quiñihual cuando yo tenía 7 años, hice toda la primaria acá”, comenta Meier que, de chico, ya ayudaba a sus padres a atender el almacén, “se juntaba toda la gente en el almacén, venían a hacer las compras del mes”.


El almacén, que llegó a tener varios empleados, era uno de los lugares más concurridos, no solo por los trabajadores agrarios que, una vez finalizada su extensa y dura jornada, se acercaban a tomar algunos vasos de ginebra, grapa o caña; sino también por todo el pueblo e incluso por vecinos de lugares cercanos, que llegaban para abastecerse de todo tipo de productos: yerba, azúcar, aceite, tabaco, alimentos, ropa, herramientas de trabajo y hasta nafta.

Hoy, de ese pueblo solo quedan recuerdos y, por supuesto, la pulpería con su dueño. Las casas donde vivían los trabajadores del campo con sus familias quedaron completamente abandonadas y solo sirven de refugio para la fauna pampeana.

“Estoy yo solo, no quedó nadie. Antes estaba el destacamento policial acá a 200 metros de donde estoy, el colegio, el club de fútbol, todo funcionaba y ahora no queda más nada”, comenta Meier, quien aprendió a convivir con el silencio del campo, “para vivir uno se acostumbra, yo amo la tierra, amo a los animales y por eso estoy también acá, porque estando en otro lugar no podría tener esta vida”.

En una punta de la pulpería, junto a una antigua balanza de almacén, hay una vitrina que atesora algunas fotos en blanco y negro, un par de trofeos y camisetas con rayas verticales verdes rojas y blancas, que mantienen viva la memoria del club Quiñihual que, además de la práctica deportiva, era el lugar donde se organizaban obras de teatro y los bailes del pueblo a los que asistían personas provenientes de pueblos vecinos a muchos kilómetros de distancia.

El club permanece cerrado, al igual que la Escuela N° 21, que dejó de recibir alumnos hace 20 años. Estas dos son las únicas dos construcciones que se mantienen en pie en el paraje habitado por Meier, que no cuenta con luz eléctrica, que no tiene caminos asfaltados ni señalizaciones que indiquen cómo llegar y que ni siquiera figura en los mapas.

“No es tan fácil como vivir en el pueblo que tenés todo a mano, acá es sacrificio y arreglártelas vos en todo. Estando solo en este lugar es duro porque no tenés nada alrededor, tenés tus animales nada más y a vos mismo”, describe Meier, aunque aclara: “Tampoco estoy solo del todo, siempre viene gente, entonces uno charla y el día se te pasa más rápido”.

Según él, se acercan a conocer la pulpería turistas de distintas partes de Buenos Aires e incluso también de otras provincias: “Ha venido gente de La Plata; de Capital; incluso vinieron también 27 motoqueros de Santa Fe, todos con unas motos enormes. Se quedan impresionados porque entrar acá es como entrar en la historia”, comenta el único habitante de Quiñihual.

También lo visitan sus dos hijos, que viajan desde Coronel Suárez (60 kilómetros) y Bahía Blanca (160 kilómetros); y su compañera, que vive en Pigüé, a 100 kilómetros de distancia. “Mi mujer viene a acompañarme hasta acá, se queda 15 días y después vuelve una semana para Pigüé, y yo también la voy a ver a veces los fines de semana”, cuenta el dueño de la histórica pulpería.

La pandemia de coronavirus que azota al mundo no afectó la rutina de Meier, quien además de atender la pulpería, cría vacas y algunos cerdos. “Me levanto temprano y salgo a revisar la hacienda que tengo, me fijo que los animales estén bien, y si tengo que hacer algo de chacra, lo hago también hasta las seis de la tarde, que abro la pulpería”.

Al igual que el cacique Quiñihual, Pedro Meier, se rehúsa a huir de las tierras en donde pasó prácticamente toda su vida, a pesar de que los caminos de tierra se inunden con la lluvia; que el tendido eléctrico no llegue hasta donde él vive; que la señal telefónica sea prácticamente nula y que deba transportarse más de 50 kilómetros para abastecerse de recursos.

“Yo no quise vender todo esto porque mi padre me hizo la donación en vida. No tengo pensado irme”, asegura Meier, quien espera en algún momento poder vivir con las mismas comodidades que tienen quienes viven en las ciudades vecinas de Coronel Suárez y Coronel Pringles, “ojalá que algún día pueda llegar a tener la luz y vivir como cualquier otra persona que vive en un pueblo”.

¿Cómo llegar hasta la pulpería?

No hay ningún tipo de señalización que indique cómo se llega a Quiñihual, por eso muchos turistas optan por consultar a los puesteros que se encuentran sobre la Ruta 76 para saber qué camino tomar.

“Si venís de Buenos Aires, tenés que tomar la Ruta 76, la que viene de Olavarría y, en el cruce de vías, que es el único que hay entrando a Coronel Suárez, tenés que doblar a mano izquierda y son 7 kilómetros costeando costeando la vía”, señala el dueño de la pulpería escondida entre la llanura y el Cordón Serrano de las Sierras de la Ventana.

Cabe destacar que el camino de tierra que conduce hacia el lugar se inunda y se vuelve intransitable los días de lluvia, por lo que la recomendación es consultar previamente el pronóstico del clima.InfoCielo.com