Actualidad
Voy llegando a Constitución a la noche y veo a un pibito, un adolescente, que se arrastra con su bicicleta en la misma dirección que yo. No va solo: carga un ventilador de pie que debe haber encontrado por ahí o le regalaron. Lo lleva con una maestría --y/o temeridad- llamativa. El caño del ventilador está apoyado sobre su hombro derecho; con un brazo lo sostiene y con el otro controla el manubrio de la bici. Se lo nota cansado, pero contento. Un par de chabones, medio borrachines, lo saludan en la esquina de Garay y Salta. “¡Dale que ya llegás!”, lo alientan.
Pero llegar a estación Plaza Constitución no es, estrictamente, “llegar”. Lo compruebo cuando miro la cartelera de salida de los trenes. Tengo que ir a Wilde. Son las 21 y el último tren salió hace diez minutos. Puteo en arameo y voy por el plan B: me fijo los horarios del otro ramal y veo que hay un tren a Alejandro Korn en media hora. Me tendría que bajar en Gerli y pedalear 60 cuadras, primero por Lacarra y después por Agüero (prefiero eludir Camino General Belgrano a la noche, aunque tenga que hacer unas cuadras más). Allá voy, rumbo a la casa de mi suegra. Me esperan -además de mi pareja, claro- unos tallarines con estofado y una botella de vino tinto.
Quince minutos antes de salir el tren está repleto. Como si fuera hora pico. Quizás hablar de “hora pico” sea ya un anacronismo: remite a tiempos en que la vida laboral y el transporte público tenían una lógica y un sentido, aun funcionando mal.
Cuando entro al furgón, vaya sorpresa (o no tanto): ¡está el pibito del ventilador! Los guachines lo están felicitando, apuestan cuanta guita le puede sacar (las cifras son de lo más disimiles, como si se tratara de un producto ofrecido en Mercado Libre) pero el pibe los frena: “se lo voy a llevar a mi abuela, que no tiene”. Nadie tira más cifras.
Ahora el problema es otro: al pibe le pasó lo mismo que a mí. Pero peor: por la reducción de servicios de estos tiempos perdió el último tren a Bosques (vía Temperley), el que pasa por Florencio Varela, donde vive. El pibe se metió en este tren porque no le quedaba otra, pero no lo lleva a ninguna parte que lo acerque a su casa.
Se arma entonces una especie de simposio furgonero. Una rareza, porque los furgones ya no son lo que eran. La extensión indefinida y aleatoria de la pelea urbana por la supervivencia diluyó ciertos rituales de camaradería. Ya no se ve como antes -o no tanto como antes- esa ranchada de laburantes que se relajaban en el viaje de vuelta y cada tardecita se desafiaban al truco o se sacaban el cuero mientras compartían un porro o unos vinos y uno de ellos, siempre el más nuevo, pispeaba que no vinieran los de seguridad.
Estos que subieron en Constitución parece que no se conocen entre sí, como si pertenecieran a lugares distintos. Quizás se ven un día sí y otro no. Pero hasta los más apagados, sentados en el piso, rendidos después de una jornada interminable con su caja de “Pedidos ya” o con su bolsita medio llena de chucherías que no terminaron de vender, se encienden para aconsejarle al pibito del ventilador la mejor ruta.
Ninguna, la verdad, es demasiado estimulante: uno le dice que le conviene bajarse en Burzaco y agarrar Camino de Cintura. “Pero son más de diez kilómetros, y con el ventilador encima”, objeta uno que carga a su vez con un enorme canasto de madera y vive -dice- en Rafael Calzada. “Encima cuando pasés por Claypole te van a dejar en bolas a esta hora” tercia otro, que también quiere ayudar, aparentemente. Salta uno que permanecía ajeno a la conferencia y se siente tocado: “¡Pará, que yo vivo en Claypole... Más picante es Solano!”
El que va a Calzada escucha “Solano” y le ofrece al pibito -que a esta altura, está pálido, casi resignado a su suerte-: “bajate conmigo en Temperley, vamos todo por Pasco, te hago el aguante hasta República Argentina y ahi yo agarro para Calzada, vos seguis hasta Solano y de ahi a Varela estás más cerca”.
Yo me agarro la cabeza porque conozco las rispideces de ese itinerario, pero el pibito, que ya estaba liquidado, abre grande los ojos como si le hubieran extendido una alfombra roja hasta su casa: “¡¡Siiii, ahí en Solano ya me ubico bien y sé como llegar. Gracias!!”. Se ve que, más allá del recorrido que le espera a esa hora, compartir parte del camino con un tipo más curtido en la zona le insufla nuevas fuerzas.
En eso están cuando llegamos a Gerli y me tengo que bajar. Hubiera querido seguir un rato más con ellos pero yo también tengo que pedalear. Liquido bastante rápido las 60 cuadras hasta Wilde y en todo el camino y hasta varias horas después me siento raro: no puedo sacarme de la cabeza la cara de infinito cansancio de ese chico y siento -creo que voy a seguir sintiendo- la intriga de saber si llegará bien, si podrá, finalmente, regalarle a su abuela el ventilador de pie más costoso del mundo. Tengo otros pensamientos, también, pero no los expongo aquí para no insultar la investidura presidencial ni la honorabilidad de la clase dirigente argentina.
Puedo decir, eso sí, que cuando al fin llego a Wilde, a las 22.30, recibo amor y un suculento plato de pasta bien regado. Me siento un privilegiado entre los cansados.
No sé, pero quisiera saber, si podremos alguna vez -junto a tantos otros- transformar ese cansancio en otra cosa. Por: Fernando D'Addario para Página12.com
.jpg)


.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)


.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpg)
.jpeg)
.jpg)