domingo, 22 de septiembre de 2013

ESTACIONES DE TRENES ABANDONADAS: SÍMBOLO DE PUEBLOS Y PARAJES EN "VÍAS" DE EXTINCIÓN

ACTUALIDAD

Lejos de la muchedumbre que transitaba sus andenes en los tiempos del apogeo ferroviario, esas estructuras hoy apenas sostienen parte de de su andamiaje edilicio, en medio de una soledad abrumadora que se pone de manifiesto en numerosos lugares de la región.

Roberto Castro no le cuesta nada agilizar el recuerdo. Lo que se le dificulta es hilvanar el contenido de su memoria en un relato limpio, despojado de esas pausas tan comunes cuando la emoción empieza a resquebrajar la voz y a empañar la visión.

En sus años mozos, el hombre – hoy de setenta y pico de años- fue testigo de lo que para una población diminuta como Laplacette representaba un  acontecimiento social: la llegada del tren de pasajeros. 

Es que en ese lugar, y en muchos otros de la misma especie que esta región vio crecer al costado de las vías,  la estación ferroviaria fue el símil de las plazas o las iglesias, el punto de reunión casi obligado de la gente. El comercio, la correspondencia y cosas tan triviales como la moda, la música y hasta algunos artistas solían llegar a ese sitio en las formaciones de la época.  Hoy sólo queda de esa parada su estructura antigua, abandonada, enredada en una constante pelea con el paso del tiempo, que le roba cada día un ladrillo más y la va cubriendo con un pasto irrespetuoso y amarillento.

“Ahí yo iba a esperar a mi madre los últimos domingos de cada mes”, expresa Castro a Democracia en un cálido testimonio. “Ella (su mamá) vivía en Buenos Aires y venía a visitarnos al campo donde yo vivía con mi esposa y mis tres hijos, que eran su debilidad”, continúa con acento nostalgioso.

Pero las evocaciones no se limitan al plano particular, pues muchas retratan lo que significaba el ferrocarril para los laplacettenses: “El ritmo de vida era otro. Esta nunca fue una comunidad grande, pero si nos remontamos a los años ochenta, había diez veces más de gente que ahora y eso se notaba en la terminal de tren. Muchas  personas usaban ese medio para ir a Junín todos los días y estaban los que lo tomaban una o dos veces por semana para hacerse una escapada a Buenos Aires o bien, para el otro lado, a Lincoln o El Dorado, donde concluía el recorrido”, rememora Roberto, parado a la vera de la Ruta 188 y a metros de lo que hoy ya es vía muerta.

El cierre de los ramales a principios de los noventa dejó a Laplacette sin un medio de transporte que había sido vital para sus pobladores y, sin actividad a la vista, la estación fue cerrada. La reabrieron en 2007, merced a una planta de silos que se instaló en su propio predio ferroviario y pidió habilitar  nuevamente el tendido férreo para que una locomotora y una larga hilera de vagones cargueros trasladen cereal a Junín, Rosario y Buenos Aires.

“Estamos acá hace seis años y realmente es un lugar ideal para trabajar, por la tranquilidad y por el espacio ocioso que ha quedado debido a hectáreas que antes estaban ocupadas con viviendas o dependencias ferroviarias y que con el paso del tiempo fueron desapareciendo”, comenta Pablo Gago, segundo jefe de la compañía cerealera.

Desolación “La Oriental”

Más abrupta es la comparación entre el pasado y el presente de “La Oriental”, una pequeña comarca que nunca llegó a ser pueblo pero que sí fue epicentro de movilidad para decenas de familias rurales y hoy, ya sin nada de lo que supo ser su techo de esplendor, aparece semi-escondida kilómetros de tierra adentro, en el medio de una llanura cubierta de malezas.

Estación La Oriental

“Esto era el centro de atención de todos los que vivían en este lugar, junto con `El Boliche Amarillo´. Era uno de los puntos de reunión porque acá paraba el tren que iba de Junía a Retiro, que si bien sigue corriendo, ahora pasa de largo. Lo que queda de actividad colectiva, al margen de la agricultura, es la visita de turistas que vienen a ver la estancia `La Oriental´. El resto es lo que se ve, pura desolación”, retrata Marcelino Maidana, veterano orientalense.

La conversión de Bayauca

Otro ejemplo de territorios que experimentaron grandes mutaciones a la par de la suerte que le tocó vivir al tren es el de Bayauca. Antes, el tren pasaba cuatro veces por día. Uno salía de Lincoln a la mañana temprano con destino a Buenos Aires y regresaba a la noche. Y el otro ramal que salía también temprano con destino a Suipacha y regresaba en el día. En esa época Bayauca era importante. Los comerciantes viajaban a buscar mercadería para sus negocios y podían mantener los precios más parejos con la ciudad.

El pueblo era próspero.

La crisis de la prestación de servicios públicos hizo que por muchos años el tren dejara de pasar. Quedando la gente aislada por completo de otros destinos más lejanos; ya que había transporte para acceder con más a frecuencia a la ciudad cabecera del partido.


Recién hace un par de años, uno de los ramales comenzó otra vez con el recorrido: Lincoln-Buenos Aires. Pero este servicio a Bayauca, como dijo hace unos años  su por entonces delegado municipal, Alberto Fernández, “no le sirve”.DiarioDemocracia.com