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1 de junio de 2026

El transporte, una bomba de tiempo a punto de estallar

Actualidad

La crisis del transporte se agudiza entre el caos cotidiano de viajar, el reclamo de usuarios que no llegan a pagar ni siquiera el boleto mínimo, aumentos imparables y el paro sorpresivo en la línea C

El hall de Constitución es un mar de hombros encogidos por el frío y miradas que buscan respuestas en pantallas que solo devuelven cancelaciones.

Este lunes, al caos cotidiano se le sumaron dos elementos que complejizaron la experiencia de viajar en hora pico: un paro sorpresivo en la línea C y el nuevo aumento del transporte público.

Entre el vapor de los alientos y el crujir de los molinetes, la desorientación es el único servicio que funciona a término en estaciones que parecen salas de espera de una crisis que no encuentra su piso.

Aumento del transporte: quejas y malestar

Este 1º de junio volvieron a aumentar los precios de los pasajes del transporte público en el AMBA. Así, los colectivos que dependen y circulan por CABA o provincia de Buenos Aires —en uno u otro, no en ambos— aumentaron 4,6% de la mano de la ya clásica fórmula de inflación + 2%.

De este modo, el boleto mínimo de colectivo en CABA ya cuesta $788; mientras que en PBA asciende a $1.1015. Las líneas que dependen de Nación y circulan por el AMBA tienen un mínimo de $728.

También volvió a aumentar el pasaje del subte, que ya asciende a $1.558.

Los trenes de pasajeros del AMBA tendrán incrementos del 13% y el mínimo pasará de $310 a $350.

Así, todos los meses los aumentos le pegan de lleno a bolsillos ya de por sí castigados. Y como una condena inevitable, la calidad del viaje ha retrocedido hasta la crueldad, según relatan usuarios en diálogo con el móvil de Radio 750.

La vergüenza no es de quien no puede pagar, sino del servicio que se ofrece. “Se viaja peor que un animal”, dispara Lorena frente al andén repleto de la estación Constitución, masticando una bronca que ya no cabe en la formación.

No es una metáfora, sino la descripción literal de vagones donde la gente viaja aplastada, mientras las puertas de los colectivos se cierran en las cabezas de los pasajeros porque ya no cabe un alfiler, tal como denuncia Ana.

Marina, que acaba de salir de una guardia, lo resume con la lucidez de la fatiga: este sistema no solo drena el bolsillo, también “roba tiempo” para el descanso. Cada demora son minutos de vida y de sueño que el trabajador le regala a una infraestructura que se cae a pedazos mientras cobra tarifas de lujo.

La matemática implacable de la calle

La matemática de la calle es implacable y no entiende de planillas de Excel oficiales. Para un trabajador que viaja desde el primero, segundo o tercer cordón del Conurbano —aquellos que cruzan cada día desde Ezeiza a Constitución, desde la Zona Oeste hasta Avellaneda, desde Lomas de Zamora hasta Palermo—, los viáticos diarios ya escalan a los $10.000.

Es una cifra que tritura cualquier paritaria y comprime el calendario de forma dramática. “El 15 es el nuevo fin de mes”, sentencia Fernando con la mirada perdida en la fila del 28.

Pero incluso esa frontera parece optimista para otros como Walter, quien asegura que, en esta economía de guerra, “ahora el fin de mes es el día 10”.

La erosión es tan profunda que ni siquiera el empleo registrado garantiza la supervivencia: Sebastián, que junto a su esposa sostiene un hogar con dos trabajos formales, relata que tras pagar los servicios y el transporte, ya no llegan ni al día cinco del mes.

Detrás de las frías estadísticas de inflación emergen postales de una crueldad que desgarra el tejido social.

Está la voz quebrada de la acompañante terapéutica que, sin haber cobrado aún su sueldo, cuenta que debe “ir a enterrar a su papá en bondi y en micro”, haciendo malabares para despedir a un ser querido entre transbordos y monedas que no alcanzan.

Pablo, jubilado con 45 años de aportes, cuenta que ya “ni carne podemos comer”.

Y en la intemperie más absoluta, Ana describe el paisaje del abandono en las calles México o San Telmo: familias enteras, con criaturas, durmiendo en los pisos de la calle por no poder pagar un alquiler.

Para Mari, el futuro luce “todo medio oscuro”. Y la brecha se hace un abismo “desde la comodidad de una billetera que ni se fija lo que tiene”.

Paro en la línea C

Al combo de malestar, este lunes se le ha sumado una complejidad aún mayor. Desde bien temprano, la línea C de subte interrumpió su servicio por una protesta de los Metrodelegados, que exigen el retiro de las formaciones con asbesto, material cancerígeno hallado años atrás en la red y por la que han denunciado la muerte de seis trabajadores.

Según explicó el metrodelegado Néstor Segovia a través de un comunicado, el conflicto se originó porque continúan circulando trenes Nagoya 5000 que contienen componentes con asbesto habiendo pasado el plazo al que se habían comprometido las autoridades locales.

La suspensión sorpresiva del servicio que conecta las estratégicas estaciones de Constitución con Retiro y el centro porteño provocó un verdadero caos que se extendió largas horas durante la mañana. Para muchos esas terminales son apenas un lugar de paso apurado. Para la mayoría, el sitio donde se termina de perder la esperanza. Informe: Rodo Gerardi para Radio 750.y Página12.com