19 de marzo de 2026

El encanto que tiene el riel

Ferroclub Argentino

Las respuestas son difíciles de encontrar. Las preguntas suelen ser las mismas, las que se repiten en una sobremesa, en un café, también en un bar y, seguramente, en más de una estación. ¿Por qué despierta pasión el ferrocarril? ¿Cuál es el componente hipnótico que genera y que brota desde la niñez? ¿Qué lleva a los repetidos ‘mamá, esperá que quiero ver pasar el tren’? ¿Hay un patrón identitario? ¿Traemos en sangre un vínculo natural con rieles y locomotoras que lleva a tantos pibes y pibas a pedir un tren eléctrico como regalo? ¿Qué es lo romántico de ver una locomotora a vapor?

Noberto Maesani tiene “86 para 87” años, dice. Hace más de cuarenta años que integra el Centro de Restauración de Remedios de Escalada, ciudad ferroviaria como pocas. Es la localidad de Lanús que, antes de que exista Lanús y antes de ser bautizada como Remedios de Escalada, nació íntegramente del tren. Fue hija de un plan estratégico del Ferrocarril Sud, y emergió entre vías y durmientes. Hace no tantos años, era el pueblo donde el domingo no se podía colgar la ropa en el patio, porque el hollín de las máquinas ensuciaba todo.

Maesani recuerda a la distancia, pero apacigua la nostalgia con su tarea en la biblioteca del espacio que forma parte del Ferroclub Argentino. Allí va “siempre que el físico lo permita”, y se sienta frente al escritorio donde los visitantes pueden observar fotografías, planos, maquetas y miles de libros vinculados a la historia del tren. Mucho hierro y muchos sellos de Industria Argentina rodean su lugarcito de los fines de semana.

Al hablar, no denota enojo. Lo oculta. No quiere entrar en cuestiones políticas. Considera que, en mayor o menor medida, el estado de los trenes es responsabilidad de todos los gobiernos. Prefiere hablar de la tarea que le compete a su universo hoy: la restauración. Porque el Ferroclub es un ecosistema que busca cuidar y mantener con vida lo que ya no se ve, pero que tantos son felices cuando alcanzan a volver a ver.

Eso se comprueba cualquier tarde de sábado o domingo al acercarse a la avenida 29 de septiembre en Escalada y entrar al predio de tres hectáreas donde residen más de 60 piezas de material rodante histórico. A metros del ingreso, la primera imagen pinta de sepia una porción del paisaje. El coche comedor, hecho íntegramente en madera, restaurado por los muchachos del centro, oficia de bar para merendar. A la derecha, la inmensa nave central cobija locomotoras de antaño. Algunas también están exhibidas afuera. La 39 Grande, la 3341 clase 8A o la 3815 construida en Inglaterra en 1908 son sólo algunas piezas de ingeniería que transforman en insectos a quienes se arriman a tomar una foto. Ni hablar a los pibes. “Estamos acostumbrados a ver los trenes desde el andén”, dice Maesani.

La trochita, como se la conoce, es una de las atracciones para los chicos que van a visitar el predio (Prensa Ferroclub Escalada)

Hace 80 años vive en Escalada. “Nacimos entre el humo y la locomotora”, cuenta. Fue testigo del desarrollo de una micro ciudad. Él no es ni fue ferroviario, simplemente un contador con una pasión, como tantos otros. Su esposa, Norma, sí es parte de una familia ligada a los trenes. Ambos crecieron a la par de aquellas 40 hectáreas que el Ferrocarril del Sud le compró a la familia Galíndez y dio lugar a la piedra basal de Villa Galíndez.

El nombre Remedios de Escalada llegó en 1933, pero ‘talleres’, mucho antes. Nadie conocía la zona de otra manera. Era el barrio de los talleres, del club talleres, de los 3 mil trabajadores de los talleres, de las casitas para los jefes y personal jerárquico que se construyeron en la zona gracias a los talleres, y del puente ferroviario que unió el este y el oeste por sobre las vías.

El 5 de julio de 1899 se colocó la piedra basal del primer edificio de los famosos talleres. Paso a ser más que para el material rodante. Hubo una fundición, un aserradero, un taller de pintura, una herrería y galpones para depósitos, rodeado de viviendas que florecían a la par de las nuevas moles de metros y metros de altura y de largo que dibujaban un mundo de progreso.

Pero no por nada La Fraternidad es uno de los primeros sindicatos del país. Para 1917, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, la represión del 10 de octubre se llevó la vida de 20 obreros cuando alzaron la voz frente a la inflación culpa de la Primera Guerra Mundial, que dejó a las familias sin comida. La puja legó el Reglamento del Trabajador, un logro que le quitó a los ingleses la posibilidad de decidir a gustos las jornadas laborales y los descansos.

Cambiaron las reglas, y el ferrocarril no paraba de crecer. El tendido de vías era moneda corriente. La potencia de la carga y la majestuosidad del transporte de pasajeros. Cada vagón se convirtió en una obra de arte esplendorosa. Metros que acumulaban detalles, como baños forrados en mármol, fileteado a mano en las paredes y picaportes artesanales. Algunas se ven en el Ferroclub, donde la intención es terminar de restaurar unos cinco vagones de distinto tipo y época para crear una formación histórica que permita paseos que lleven a un pasado de gloria.

Un pasado épico que, recuerda Maesani, comenzó a apagarse durante el gobierno de Arturo Frondizi. “A instancias de no sé quién, en 1962, no quedó nada sobre rieles”, señala mientras la voz se le embronca un poco. Los registros históricos de aquellos años traen a un nombre de un viejo y, lastimosamente, familiar conocido de Argentina: el Fondo Monetario Internacional. En acuerdo con el presidente radical que asumió en 1958, comenzó el desmembramiento de la obra ejecutada por Juan Domingo Perón a partir de la nacionalización del ferrocarril.

En un coche restaurado se puede observar el funcionamiento de trenes a escala junto a sus operadores (Prensa Ferroclub Escalada)

No le fue fácil. Durante el gobierno de Frondizi, nacieron ‘Los Invencibles de Escalada’ como resistencia al Plan Conintes, siglas que resumen un nombre doloroso: Conmoción Interna del Estado. En aquel entonces, los obreros quedaron bajo la justicia militar y una huelga era sinónimo de deserción. A poco de asumir Frondizi, empezó una medida de fuerza contra la idea de racionalizar el ferrocarril, cerrar ramales que no fueran rentables y que tuvo como disparador el congelamiento de sus salarios ante una inflación que sacudía el bolsillo argentino.

El tiro de gracia, dice Maesani, llegó con Carlos Saúl Menem y una escandalosa privatización, desinversión y desaparición de una infinita cantidad de servicios. “No puedo hablar de eso porque me enoja mucho”, cuenta. “Soy de la idea antigua de por qué romper lo que está bueno, ¿no?”, suelta con un tono que combina angustia y rabia.

Apuesta a charlar sobre lindos recuerdos. Con detalles que van y vienen, relata los inicios del Ferroclub, que tiene en su origen en el boom del ferromodelismo en los años sesenta. Para 1966, se fundó en Caballito la Asociación Ferroviaria de Buenos Aires y se reunían en un furgón de lata en Donato Álvarez y la vía. “Ahí nos juntábamos media docena de locos jóvenes como yo y pergeñábamos todo esto”, rememora Maesari.

No eran ferroviarios, eran apasionados por los trenes. Para 1972, llega la creación del Ferroclub Argentino. Puntualmente, el 30 de agosto, en honor al aniversario del primer ferrocarril del país. El objetivo siempre fue el mismo, preservar el material histórico. Ahí residen los sentimientos de Maesari. “Me moviliza lo que es la recuperación de algo que ya no tenemos más, de pertenecer a algo que es mi pasión desde que tengo uso de razón”, afirma.

“Es como la escena del Secreto de sus Ojos donde Francella dice que vos podés cambiar de camiseta o de club, pero nunca vas a poder cambiar de pasión, es algo que no podés cuantificar ni cualificar”, señala.

Tras hacer base en Capital Federal, el Ferroclub tuvo su primera sede en la estación Coronel Lynch en 1982. Para 1987, llegó la inauguración de Escalada. La tercera que sigue en pie está en Tolosa, y abrió sus puertas en 2002.

Hoy en día, el Ferroclub de Escalada custodia más de sesenta vehículos. Algunos funcionan, otros no. Algunos están habilitados para transitar por la red central, otros no. A todos se los puede ver, ahí cerquita, en tamaño real, mientras se escucha por dónde pasaron o adónde iban. Desde las locomotoras a vapor, hasta las diésel que llevaron turistas por primera vez a Mar del Plata. Desde la trochita que construyeron para que los chicos recorran el predio, hasta la habitación de ferromodelismo donde los minutos no corren mientras los pequeños trenes recorren las mesas.

Es la guardia pretoriana de la Argentina que fue y siempre quiere ser, por más que no la dejen. En Escalada, son entre 60 y 70 personas que protegen la memoria, transmiten la verdad, y militan una justicia que hoy reside en el corazón de quienes lo circundan. Lo hace como organización sin fines de lucro, financiada íntegramente por su propia recaudación que proviene de la cuota de alrededor de 300 socios y el funcionamiento turístico del predio.

¿Todo esto explica la pasión? Maesari cuenta que hay algo “muy movilizante” todos los fines de semana. “A mí me emociona ver un montón a los chicos en esa actitud, con padres que vienen casi todos los sábados, que conocen hasta los números de locomotoras, clases, cosas que yo no puedo recordar”, suelta con una risa.

Y a la pregunta, ensaya una respuesta. “Es el encanto que tiene el riel. Como definición muy antigua de los jovatos, que hoy quedamos pocos, decíamos que nos fascinaba el contacto de la rueda con el riel. Es por eso que uno baja la vista y mira el rodado. Es instintivo”, alude para intentar definir su pasión.Página12.com

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